sábado, 11 de abril de 2009

Cine y drogas: Cine-Adictos

Las drogas, legales o ilegales, han destrozado las vidas de un buen número de estrellas de cine; “fábrica de sueños” (eslogan del Hollywood clásico) que se ha convertido en fábrica de pesadillas para muchos de sus hijos más ilustres. Sería lógico que el Séptimo Arte hubiera tratado con brillantez un problema tan cercano... pero, salvo excepciones de las que hablaremos más adelante, la dura realidad de la adicción ocupa un porcentaje muy pequeño en el universo del celuloide; tal vez consideren que es mejor “no mentar la soga en casa del ahorcado”.

INTENTOS FALLIDOS

Las drogas y el alcohol son magníficos productos cinematográficos, dan fuerza al personaje, desencadenan interesantes tramas y son admitidos sin dificultad por la gran industria siempre que se mantengan a una distancia prudente de la perspectiva del espectador. El problema surge cuando se profundiza en la crudeza de la dependencia, difícilmente digerible para el ciudadano medio, y en menor medida aún para los productores cinematográficos, siempre tratando de edulcorar una realidad demasiado sucia como para ser mostrada de forma veraz en la pantalla.
Hay un porcentaje alto de películas fallidas dentro de este subgénero que hemos denominado cine-adictos:

- Películas bienintencionadas y mediocres: “28 días” (28 days, 2000) con Sandra Bullock tratando de convencernos, sin conseguirlo, de que es una alcohólica en fase de deshabituación; “Cuando un Hombre Ama a una Mujer” (When a Man Loves a Woman, 1994) drama meloso en el que Meg Ryan intenta sacar adelante un auténtico pastel –borracho, por supuesto; “Impulso Sensual” (The Boost, 1990) los yuppies de los 80 y su afición por la cocaína; y “Noches de Neón” (Bright Lights, Big City, 1988) con Michael J. Fox dejando atrás su encasillamiento como buen chico.

- Películas morales: Dentro del género de “exploitation films” o películas de impacto de bajo presupuesto, “Reefer Madness” es el ejemplo más representativo por ser una producción estadounidense al margen del circuito de Hollywood, de 1936, encargada por el Gobierno estadounidense para luchar contra la terrible lacra que suponía la marihuana. Muestra genuina de pésimo cine de propaganda, se convirtió en una película de culto para los porreros de los setenta, que se reían mucho viendo los monstruosos efectos que producía el cigarrito que se estaban fumando.

- Películas pretenciosas y autocomplacientes: Intentos fallidos de crear “gran cine” justificando con la droga ciertas extravagancias argumentales e interpretativas. “El Borracho” (Barfly, 1987), con Mickey Rourke interpretando, sin mucho esfuerzo, al escritor alcohólico Charles Bukowski, o “Miedo y Asco en Las Vegas” (Fear and Loathing in Las Vegas, 1998) del siempre excesivo Terry Gilliam.

VÍAS ALTERNATIVAS

Filmes transgresores y modernos, que tratan la adicción sin componente moral, con planteamientos cinematográficamente novedosos, pero sin profundizar en la realidad del problema.
“El Viaje” (The Trip, 1967) en el que Roger Corman nos cuenta, en plena época de la psicodelia, las sensaciones de un viaje de LSD; “Easy Rider” (1969) icono de la cultura hippie realizada e interpretada por Dennis Hopper; “Trash” (1970) manifiesto underground de la factoría Warhol; “Pulp Fiction” (1994) Tarantino y su personal e irónica visión del mundo de la cocaína.

"Trainspotting” (1996) fue el primer gran éxito del director de “Slumdog Millionaire”, Danny Boyle. “Yo elegí no elegir la vida, yo elegí otra cosa... ¿y las razones?. No hay razones... ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?". Con textos tan brillantes como éste, pronunciado por Ewan McGregor en una fabulosa intro, Trainspotting es una estupenda muestra de buen cine, aunque a un ritmo demasiado acelerado y estimulante como para reflejar el mundo de la heroína. [Enlace a vídeo]

BIOPICS Y DROGAS

Con cierta hipocresía, denodado dramatismo, bastante moralina e irregular calidad cinematográfica, Hollywood nos ha contado la vida de estrellas del show business, fundamentalmente de la música, adictas a los estupefacientes y/o al alcohol (existen muy pocas sobre actores, productores o ejecutivos cinematográficos...).
Susan Hayward recreó en “Mañana Lloraré” (I'll Cry Tomorrow, 1955) la atormentada vida de la cantante alcoholizada Lillian Roth. Entre los ilustres de la música de quienes, gracias al celuloide, conocemos sus trágicas existencias y su necesidad autodestructiva de intentar mantener el genio creativo de forma artificial, destacamos a Charlie Parker (“Bird”, 1988, dirigida por el gran Clint Eastwood), Jim Morrison (“The Doors”, 1991), Ray Charles (“Ray”, 2004, por la que Jaime Fox obtuvo el Oscar por su interpretación) o Billie Holiday (“El Ocaso de una Estrella” Lady Sings the Blues, 1972). La costumbre de este tipo de biopics sobre cantantes enganchados no es exclusiva de Hollywood y tenemos los ejemplos de “La Reina de la Noche”, film mejicano de 1994, sobre la vida de la cantante alcohólica Lucha Reyes, “Sid and Nancy” (1986), producción británica que muestra la frenética existencia de Sid Vicious, miembro del grupo punk Sex Pistols, o “La vida en rosa” (La Môme, 2007) buen biopic francés, con Marion Cotillard reencarnándose admirablemente en Edith Piaf y consiguiendo un Oscar por su recreación de la estrella de la canción francesa, alcohólica y adicta a la morfina.

PELÍCULAS DESTACABLES

Pese a lo dicho anteriormente, encontramos buenos ejemplos dentro de este subgénero dedicado a los adictos, que ha supuesto la consagración de algunos actores y actrices, por los que han obtenido premios (demasiados premios), algunas películas han logrado suculentas recaudaciones, y lo que es más importante, unas pocas de ellas forman parte del exclusivo club de las obras maestras.
Un espacio preferente se lo concedo por su calidad cinematográfica y por su fecha de producción, a un film que acomete una materia cuyo tratamiento dramático resultaba tabú en la industria cinematográfica oficial de la época: “Días sin Huella” (The Lost Weekend), dirigida en 1945 por Billy Wilder, aborda la realidad del alcoholismo con crudeza, con una visión psicológica muy influida por el Psicoanálisis –de moda en el Hollywood de los cuarenta- colocando la cámara en el interior de la mente de un personaje fracasado y gris por culpa del alcohol. Ray Milland fue galardonado con el Oscar por su interpretación desgarradora de este escritor dipsómano -la Academia, siempre tan aficionada a premiar a personajes extremos. El público de los años cuarenta no estaba acostumbrado a observar imágenes de la dureza de un delirium tremens (fase más aguda del síndrome de abstinencia, con presencia de alucinaciones visuales)servidas por un maestro de la comedia como Billy Wilder. [Enlace a vídeo]

Curiosamente, otro comediante, Blake Edwards, revolvió los estómagos y las conciencias de los espectadores, diecisiete años después, con otra joya del cine etílico llamada “Días de Vino y Rosas” (Days of Wine and Roses, 1962) interpretada por Lee Remick y Jack Lemmon –encasillado como actor cómico y demostrando, una vez más, que fue uno de los grandes de la historia del cine, en cualquier clase de género. En el triunvirato de grandes películas sobre el alcoholismo incluyo “Leaving Las Vegas” (1995) de Mike Figgis, quien sirvió en bandeja a Nicolas Cage un personaje demoledor y autodestructivo (con Oscar incluido, cómo no), un bebedor compulsivo que viaja a Las Vegas en busca de la muerte y encuentra en una prostituta (Elisabeth Shue) a la única persona capaz de comprenderle en esa espiral desquiciada y suicida.


“El Hombre del Brazo de Oro” (The Man With the Golden Arm) realizada en 1955 por Otto Preminger, fue una película muy valiente que supuso una afrenta al Código de Censura Hays, vigente en la Industria de Hollywood desde 1934 hasta 1965, suponiendo una renovación del mismo. A partir de ese instante, se permitió la aparición de las drogas en la pantalla siempre que no se realizase apología, no se presentase el tráfico como un negocio rentable y no se mezclasen con el mundo de la infancia. Sinatra fue nominado al Oscar destacando su verosímil recreación del síndrome de abstinencia o “mono” en plena fase de desintoxicación de opiáceos. [Enlace a vídeo] Forma, junto a la alemana “Sin ti todo es tiniebla” (Ohne Dich Wird Es Nacha, 1956) y a la americana “Un sombrero lleno de lluvia” (A Hatful of Rain, 1957) un grupo de filmes que trataron de forma expresa, en la década de los 50, el problema de la adicción a la morfina o a su derivado, la heroína.

Sin llegar al nivel de obras maestras, pero interesantes por su aportación al tema de la adicción destacaría también “Pánico en Needle Park” (The Panic in Needle Park, 1971), “Réquiem por un sueño” (Requiem for a Dream, 2000), “Half Nelson” (2006), o la alemana “Yo, Cristina F.” (Christiane F - Wir Kinder vom Bahnhof Zoo, 1980).

CINE Y DROGAS EN ESPAÑA

En España, el tratamiento de la droga por la industria del cine ha sido un vehículo para el desarrollo de tramas de variada índole: La efectista y morbosa denuncia social capitaneada por el cine de Eloy de la Iglesia (“El Pico”, 1983); el subgénero de rumba, delincuencia y caballo protagonizado, en varios casos, por actores no profesionales cuyo trágico final se auguraba en la propia pantalla: “Perros callejeros” (1977), “Deprisa, deprisa” (1980) o “Yo, el Vaquilla”(1985); la vertiente hedonista underground del primer Almodóvar, donde sobresale “Entre tinieblas” (1983); o la metafísica psicotrópica y claustrofóbica de “Arrebato” (1979) de Iván Zuleta y de “Antártida” (1995) de Manuel Huerga. Enmarcada en un grupo de películas nihilistas, con estilo cuasi-documental , destacaría “27 horas” (1986) de Montxo Armendáriz, la más sincera, modesta y devastadora recreación de la jornada de un adicto, las últimas veintisiete horas de vida de un joven en la búsqueda, desesperanzada e infatigable, del aliviador chute. Cruda y realista visión de la adicción a la heroína, carente de morbo, pero profundamente desasosegante por su sencillez y realismo.

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